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JORGE PISTOCCHI, SU ÚLTIMA ENTREVISTA

De artista plástico a director de revistas que marcaron la cultura argentina en tiempos de dictadura militar. La historia del Expreso Imaginario.

Miércoles, 07 Octubre 2015 | Por  Juan Mendoza | Fotos: Ariel Bacca

Su adolescencia fue atravesada por dos eventos históricos que no sólo impactarían de manera demoledora sobre su conciencia sino que, además, delinearían una particular forma de vida. En 1955 se producen los bombardeos a Plaza de Mayo que dejarán cientos de muertos y que preludia el derrocamiento del entonces presidente Juan Domingo Perón. Poco tiempo antes, el estado de ánimo de muchísimos jóvenes es sacudido por el estreno de Semillas de maldad, película protagonizada por James Dean y que trae en su simiente el movimiento que muy pronto comenzaría a expandirse por gran parte del planeta y bautizado con el nombre de rock and roll.
-Ya en los años cincuenta yo formaba parte de una cultura rockera. Nunca me volqué a la música, pero sí desde muy chico tuve una gran vocación por las artes plásticas, fundamentalmente por la escultura, algo que recién durante la década del sesenta comencé a practicar de manera más activa.
Jorge Pistocchi se ajusta a esa clase extraordinaria de personas a las que el paso del tiempo sólo deja registros en el cuerpo, mientras que su “alma de niño” y ese vigor de juventud, permanecen intactos. Hoy, a los setenta y cuatro años, sigue motorizando experiencias desde el lugar que habita: una casa multicolor, en La Boca, que está muy lejos de responder al clásico hogar de familia.
Su historia, que va de la mano con el nacimiento del rock en Argentina, dio luz a una experiencia que hoy podríamos llamar como “psico-gráfica y anarco-cósmica”, la revista Expreso imaginario, única no sólo por su contenido, sino por haberla llevado a cabo en una época del país en la que el pensar estaba vedado y cualquier instigación a la libertad podía significar perder la vida.

 

MECENAS Y CRONISTA
El Expreso fue el fruto de un impulso generacional que arrancó en la década del sesenta, donde Pistocchi en muchos casos funcionó como una especie de mecenas de varios músicos que, con el paso del tiempo, llegarían a ser algunas de las figuras más convocantes del entonces llamado rock nacional.
-A mediados de los años sesenta conocí a Miguel Abuelo en La Perla de Once. Después terminó viviendo en mi casa, un altillo que yo alquilaba en ese barrio. Miguel se instaló en una pieza que yo había destinado como taller de escultura. Ahí fue la primera vez que lo escuché cantar, y realmente me dio vuelta. Después ya empezó a desfilar por la casa todo el mundillo del rock, pero que en ese momento eran pibes casi desconocidos: Luis Alberto Spinetta, Pappo, que también terminaron viviendo en mi casa. Me asombró ver como esos pibes, que habían crecido en la dictadura, con la censura e iban permanentemente en cana sólo por tener el pelo largo, se animaran a manifestarse de una manera tan libre.
A mediados de los años setenta, Pistocchi cobró una importante suma de dinero fruto de una herencia familiar que, en aquellos días de vértigo y bohemia, se diluyó en muy poco tiempo. Sin embargo, durante ese período de bonanza, logró hacer algunas cosas, como comprarle equipos a Miguel Abuelo y a Spinetta, un gesto desinteresado que afianzó aún más su amistad con los músicos.
-Cerca de 1973, Luis estaba parando en mi casa, andábamos todo el día juntos. Siempre lo acompañaba a la revista Pelo, que dirigía Daniel Ripoll, y era la única que hablaba de rock nacional. Yo le decía a Ripoll: “Loco, no puede ser que Pelo no hable absolutamente nada de lo que está pasando, creo que el rock tiene que tener también opiniones”. Y él me dijo: “Bueno, te doy media página y escribí lo que quieras”.
Pistocchi comenzó a escribir y a dibujar una historieta. Las notas, que giraban en torno al movimiento contracultural que se estaba gestando y sobre los cambios sociales que se sucedían en esos momentos, alcanzaron una inmediata repercusión entre los lectores e inaugura su ingreso en el mundo del periodismo gráfico.
-Me entusiasmó descubrir las posibilidades del periodismo respecto de la comunicación, me pareció incluso más interesante que la plástica. Poco tiempo después, una piba que estaba por sacar una revista subterránea, me dijo: “Queremos que vos las dirijas”. Yo no tenía la menor idea de cómo se dirigía una revista y acepté con la condición de no cobrar un peso.
La revista en cuestión se llamaba Mordisco, y fue el antecedente directo de Expreso Imaginario. Jorge se sumergió de lleno en el periodismo gráfico y quedó cada vez más fascinado con las posibilidades creativas que se le abrían al dirigir una revista.
-Me apasionó el mundo de la redacción y el poder ver una publicación como una obra compleja.
Mordisco fusionó su contenido entre la música de rock, arte y ecología, y se instaló de manera inmediata entre un publico joven. La revista llegó a vender cincuenta mil ejemplares. Pero no eran los mejores tiempos para los emprendimientos culturales. Corría 1974, y en el país la autodenominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), llevaba adelante su política de muerte con secuestros y asesinatos. En la redacción de Mordisco fueron constantes las amenazas telefónicas que recibió Pistocchi, pero pese a eso, continuó al frente de la publicación.

 

UN TREN ARRIBA DE UN VOLCÁN
Con el correr de los meses, sintió que el contenido de Mordisco era un poco limitado y se entusiasmó con la idea de sacar otra publicación que no sea tan rockera. Esbozó en una carpeta lo que sería el primer número y le puso el nombre de Expreso Imaginario.
-Pero la situación del país era cada vez más crítica. Tenía muy poco dinero, estaba atravesando situaciones familiares muy complicadas, en la calle mataban gente casi todos los días… Y yo me dije: “Quiero vivir un poco, nada más”. Y decidí irme a Venezuela.
Dejó la carpeta en manos de un viejo amigo, Pipo Lernoud, y partió rumbo al país caribeño. La estadía, sin embargo, apenas duró un mes. Y, de regreso, decidió sacar la revista que había soñado. Junto a Pipo, comenzó a armar lo que sería el equipo de redacción. Pistocchi convocó a Alfredo Rosso, que escribía en Mordisco. Rosso sumó a dos amigos suyos: Fernando Basabru y Claudio Kleiman. Los tres eran obsesivos conocedores del panorama musical tanto de la Argentina como del mundo. Para la diagramación, llamaron a un músico, actor y dibujante, Horacio Fontova, quien le imprimió el sello artístico.
El país en 1975 era un volcán a punto de entrar en erupción. Las matanzas perpetradas por bandas parapoliciales, con la Triple A a la cabeza, iban en aumento. Por otra parte, no cesaban los enfrentamientos entre diversos grupos guerrilleros y el Ejército.
-Era ir en contramano de la historia, sacar una publicación como esa… Pero yo estaba convencido que, aún con todas las cosas que estaban pasando, había que editar el Expreso. Sentía que, mientras pudiéramos, no había que entregar la calle; sobre todo por la gente más joven. Y comencé a buscar un editor que financiara la revista.
El proyecto llegó a las manos de Alberto Ohanián -por ese entonces abogado de Spinetta-, que se entusiasmó con la revista y decidió editarla. Sin embargo, el sueño de Pistocchi, aún estaría lejos de concretarse.
-La cosa se puso cada vez más grave. Y después irrumpió el Golpe Militar del 24 de marzo de 1976. Ahí nos replanteamos si salir o no. Yo insistí mucho en que había que salir de cualquier manera, porque me parecía injusto ceder ese espacio a los militares. Y me parecía, también, que estábamos más seguros con la revista en la calle que encerrados y aislados en nuestras casas.

 

INGENUIDAD DE VALIENTES
El primer número del Expreso Imaginario salió en agosto de 1976. La tapa, un tanto desconcertante para ojos inquisidores, mostraba un dibujo bien onírico con los anuncios de algunos contenidos de la revista. Entre ellos, una entrevista al tenista Guillermo Vilas.
-Publicamos esa nota para despistar un poco, como diciendo: es una revista de variedades… Lo cierto es que muy rápidamente nos consolidamos como medio. Nuestra publicación era aparentemente casi ingenua. Nuestra política, de alguna forma, era seguir manteniendo la red, porque en todas las provincias teníamos lectores, y en eso la música de rock era muy importante. Pero sabíamos que éramos observados por los militares. Creo que estaban viendo qué hacer con nosotros.
Pistocchi dice que nunca vivieron una situación de gravedad durante la dictadura, pero que sí eran “visitados” constantemente por los servicios de inteligencia.
-Venían enmascarados como agentes publicitarios. Los atendía yo y los mareaba tanto que los tipos seguro que les decían a los milicos que por favor no los mandaran más. Además, en la redacción fumábamos marihuana abiertamente todo el tiempo… era nuestra manera de decir: así somos nosotros, no escondemos nada.
El Expreso atravesó, con Pistocchi a la cabeza, los años más sangrientos de la peor y más asesina de las dictaduras, no solo de la Argentina, sino de todas las que sufrió Latinoamérica. Si bien el recurso de la imaginación era usado en extremo para no alertar a los represores, ya desde el mismo nombre de la publicación, sumado al contenido de las notas, convertían a la revista en una experiencia libertaria muy difícil de ser tragada por los dictadores del momento. Pistocchi tiene hecho su propio análisis del fenómeno:
-En principio, no estoy de acuerdo con lo que dice Pipo, eso de que engañamos a la dictadura me parece una tontería. Creo que no les quedó otra que dejarnos existir. Lo mismo que con el rock: si hubieran matado a León Gieco, o a Spinetta, o a cualquiera de nosotros, hubiera tenido una repercusión social importante, y eso los militares no se lo podían permitir.
Algunas tapas fueron antológicas, como aquella en la que aparece John Travolta con un tomatazo en el rostro. Icono de la “música disco” de los años setenta, Travolta fue muy difundido por la dictadura porque servía a los fines de que los jóvenes sólo estuvieran preocupados por la ropa e ir a bailar los fines de semana, en contraposición de aquellos otros jóvenes “harapientos y drogadictos” que asistían a recitales de rock.
-La tapa de Travolta con el tomatazo la ideé yo. Fue una respuesta a toda la manija que se estaba dando para estupidizar y diluir el cerebro de los jóvenes con toda esa cuestión que trajo la película Fiebre de sábado por la noche. De la misma manera lo hicimos en la revista Pan Caliente, cuando le estampamos un huevazo a Frank Sinatra.

 

CRONISTAS DEL FUTURO
Pese a que el Expreso para muchos quedó catalogada como una publicación de rock, y en buena medida lo era, lo cierto es que su contenido era tan multifacético que hoy sería imposible clasificarla. Sus notas, escritas hace casi cuarenta años, tienen la fuerza de una vigencia imperecedera: cambio climático, energía nuclear, permacultura, física cuántica, energías alternativas, pueblos originarios. Al hojear alguno de sus números, cualquiera puede pensar que fue escrita para el futuro. Los “estados alterados” a los que se entregaban sus creadores tuvieron, para Pistocchi, un papel destacado en cuanto a cómo pensar la revista:
-Creo que para ese contenido futurista el ácido lisérgico y la marihuana tuvieron mucho que ver… En un lugar estábamos bastantes locos, viviendo desde una perspectiva muy particular la atemporalidad que te dan las drogas. El espíritu de la revista estaba muy imbuido de todas esas visiones que en ese momento teníamos y por eso la perdurabilidad en el tiempo, porque hay cosas que son eternas. De hecho, hoy no estoy haciendo algo muy distinto ni me mueven cosas muy distintas de las que me movían en aquel momento.
Pistocchi se bajó del Expreso Imaginario en 1979. Las diferencias con su editor, Ohanián, hicieron que se torne imposible su permanencia en la revista.
-Ohanián era un comerciante que al principio se vistió de romántico. Siempre vio al Expreso como un negocio y comenzó a pautar publicidades que iban en contra de todo lo que sosteníamos desde la revista. Cuando quiso convertir al Expreso en un folletín de su productora, renuncié a la dirección y a los títulos. Me quedé sin un peso, en la calle, con tres hijos y un bebé en camino.
Sus próximas experiencias periodísticas fueron la revista Zaff!, que duró muy pocos números, y Pan Caliente, que conserva en su historia haber sido la impulsora del histórico recital que se celebró en el Club Excursionistas, el 2 de enero de 1982, justamente para poder financiar la continuidad de esa publicación. Duró doce horas y además de tocar todas las figuras consagradas del rock de ese momento, hicieron una memorable actuación los Redonditos de Ricota.
-Fue en ese recital donde una de sus bailarinas se quedó completamente desnuda y un policía vino corriendo y, tironeándome de la remera, me suplicó a los gritos que por favor hiciera algo.
Para Pistocchi, el año 1982 fue el punto de inflexión en la historia del rock argentino:
-El rock pasó a convertirse en un negocio formidable, millonario, y fue fagocitado por toda la maquinaria empresarial. A partir de entonces, para hablar con los músicos tenías que pasar primero por su representante, los rockeros empezaron a encerrarse en sus quintas, etc. Sinceramente quedé muy decepcionado con todo aquello.

 

DESPERTAR PARA PODER IMAGINAR
En los años ochenta, junto a otros amigos, creó el Centro Cósmico La Paternal. Un nuevo reducto cultural donde comenzaron a parar músicos como los integrantes de V8, con Ricardo Iorio a la cabeza. Pistocchi recrea estas historias, las del Expreso incluida, sin ningún dejo de nostalgia y mucho menos de heroísmo. Las describe con la naturalidad y simpleza de quien supo estar siempre a la altura de las circunstancias que la vida le fue presentando. Hoy, su casa de La Boca, es poco menos que un centro cultural donde vuelven a gestarse aventuras capitaneadas por él. Desde una fiesta con el grupo de percusión “África ruge”, hasta la radio “El Expreso Imaginario”, que transmite por Internet con un estudio que ha montado en la casa, o la huerta orgánica, que llevan adelante algunos de los muchos jóvenes que frecuentan este espacio. Su andar puede ser más lento que en los años de juventud, pero el caudal energético que aún posee lleva a preguntarse cuál es ese motor que aún lo insta a seguir.
-Yo creo que la humanidad en su conjunto está encaminándose hacia un suicidio colectivo. Nosotros hablábamos de los pesticidas o de los peligros de la energía nuclear hace cuarenta años. Y ahora tenemos el desastre de Fukushima, que desapareció de los medios de comunicación. Creo que con lo que me queda de existencia puedo decir “ya está”, pero pienso en los que vienen detrás. Uno tiene una relación afectiva con toda la existencia, ha recibido cosas… No entendés muy bien qué significa eso, pero vos estás metido en este juego. Ante eso, esa conciencia es la que me mueve a seguir adelante: insistiendo en despertar a la gente mientras se pueda. De alguna manera siempre fui un movilizador de energías, o por lo menos, eso intento hacer hasta el día de hoy.

 

(JORGE PISTOCCHI FALLECIÓ EL DOMINGO 29 DE SEPTIEMBRE. ENTREVISTA PUBLICADA EN LA EDICIÓN N° 32 DE MAVIROCK, SEPTIEMBRE DE 2015)

Edición Nº 35 (desde el 29/11 en los kioscos)

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