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"LA POLICÍA RECIBÍA COIMAS DE LOS DUEÑOS DE CROMAÑÓN"

Destituido de su cargo por mal desempeño en 2006, el exjefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra concedió por primera vez una entrevista en la que el tema excluyente fue Cromañón. Responsabiliza a la Policía por no haber realizado los controles correspondientes aquella noche de diciembre de 2004 y dice que se utilizó a la tragedia para ir en contra de las instituciones.

Miércoles, 30 Diciembre 2015 | Por  Francisco Anselmi | Fotos: Jimena Cándido

Un vaso vuela y estalla contra la mesa en la que está sentado. De inmediato, un grupo de familiares de víctimas de Cromañón se abalanzan sobre Aníbal Ibarra y lo increpan por la misma razón que desde hace 10 años: la muerte de 194 personas, el 30 diciembre de 2004, en el boliche República Cromañón. Esta tarde, la del 17 de noviembre, el ex Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires había pactado una reunión vecinal con integrantes de la Cámara de Comercio de Villa Crespo en lo que estaba destinado a ser una actividad cerrada para discutir el futuro del barrio. Pero el día está signado por la muerte de Omar Chabán, gerenciador de Cromañón. Y los familiares parece que quieren ir también por el responsable político del incendio.
Después de esquivar los vidrios rotos e ignorar una avalancha de insultos, Ibarra sale corriendo del bar y se refugia en un edificio de Gurruchaga y Corrientes. Desde ahí llama a la Policía que, unos minutos después, lo rescatará junto a sus colaboradores con varios patrulleros. Una hora después, dirá que todo fue armado por un periodista de Clarín con la intención de fabricar una nota. A diez años de Cromañón, Ibarra continúa siendo -en el imaginario colectivo- el responsable político de la tragedia no natural más importante de la historia argentina. Y, a pesar de que en 2006 fue destituido de la Jefatura de Gobierno, todavía sueña con volver a gobernar la Ciudad de Buenos Aires en 2015.

 

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A pocos metros de Plaza de Mayo, frente a la Legislatura porteña -Perú 130-, durante la semana se congregan vendedores ambulantes y artistas callejeros que aprovechan la peatonal como si fuera un paseo de ventas. A todo esto, hoy se suma un acto sindical emprendido por la Unión de Docentes Argentinos para solicitar a los diputados que eleven el presupuesto educativo. Mientras tanto, tres agentes de la Policía Metropolitana observan a los trabajadores como si estuvieran ansiosos que alguno sobrepase los límites para salir a reprimir. Pero eso nunca sucederá.
A un costado de donde transcurre esa escena, entre un grupo de vendedores de artesanías y un puesto de panchos, puede leerse una placa de bronce pegada en el asfalto que dice: “ANÍBAL IBARRA: Principal responsable político de la Masacre de CROMAÑÓN. 194 PIBES PRESENTES” y está fechada el “7-3-2007”, un año después de que Ibarra fuera destituido de su cargo como resultado de un juicio político al que fue sometido por su mal desempeño como funcionario público.
Ahora, Ibarra, de 56 años, está sentado en el despacho 228, en el segundo piso de la Legislatura porteña. El lugar es modesto: una sala desordenada que sirve de secretaría lleva hasta un salón oval con un escritorio grandilocuente en el medio, y una pequeña sala de estar con dos sillones de dos cuerpos y otros dos individuales. Su asesora de prensa advierte, con más premura que lógica, que dos integrantes del equipo van a estar presentes, escuchando la entrevista.
En estos diez años que separan la actualidad de la tragedia, Ibarra nunca aceptó una charla donde el tema excluyente fuera Cromañón. Ahora, está decidido a hablar por dos cuestiones: la primera, sus aspiraciones políticas, intenta sanear su imagen y mostrar que la destitución fue provocada por “la política”. Segundo, por la efeméride trágica, cree que es el momento de aclarar y sentar posiciones que no clarificó a su debido tiempo.
-Fue un error, respecto a Cromañón, no poner y debatir públicamente muchas de las causas y por qué ocurrió –dice Ibarra-. Porque yo tenía el límite de no politizar una tragedia tan dolorosa. Sentía que así estaba banalizando la situación. Que digan lo que quieran, yo trataba de contestar, porque siempre di al debate, pero nunca busqué la polémica aunque dijeron barbaridades y mentiras tremendas. Con el tiempo eso fue una equivocación, porque mucha gente, incluso al día de hoy, me demanda que salga a explicar una posición que debería haber hecho en aquel entonces. Fue un error no polemizar en cuestiones centrales como el rol que tuvo la Policía en ese momento, que no dependían de mí, y que miraron para el costado sabiendo que se disparaban fuegos artificiales y recibían plata para no controlar, para lo cual estaban obligados por ley. En ese momento iban a decir que Ibarra le tiraba la pelota a otro, era una discusión que politizaba una tragedia terrible, dolorosa. Tuve ese prurito y fue un error.
-¿Quién le pagaba a la Policía para que no controlara?
-La gente de Cromañón. La Policía Federal, la Comisaría séptima, cobraba de parte de Chabán. (Rafael) Levy era el dueño del hotel, (Rafael) Villarreal (coordinador general del local) y Chabán, están los dos condenados por pagarle a la Policía. Ahora, esto es lo que digo, ¿nosotros nos acordamos de quién era el Jefe de Policía de aquel entonces? Tenían un subcomisario y un bombero condenado (N. de la R: El primero es Carlos Díaz y el segundo, Alberto Corbellini, exjefe de la División Prevención de la Superintendencia de Bomberos), que tenían una organización familiar para organizar los cobros. No nos acordamos de eso; ahora de los funcionarios de la Ciudad, que ninguno fue condenado por corrupción, sí. Quiero resaltar lo exitoso que fue la direccionalidad y la autorización política de Cromañón. Hubo corrupción, pero para el imaginario todo fue culpa de Ibarra y acá es donde vos tenés la condena, pero no nos acordamos ni de quién era el jefe de la Policía.
-Más allá de la Policía, ¿cuál cree que fue la responsabilidad de su gestión?
-Desde que asumí sabía que había nichos de corrupción en la Ciudad. Venía trabajando en la Ciudad desde que era concejal. Entonces diría que Cromañón ocurrió a pesar de todo lo que se había hecho en todas las áreas. Intervine en Inspectores, empezamos con una política de cambios que fue imposible, hasta que dije: “Señores, esto no va más, esto es una cueva de corrupción”. Y entonces eché a todos los inspectores. A partir de ahí empezamos a tomar gente profesional, exigimos nuevos requisitos con un sistema completamente distinto, a tal punto que en 2004 no hubo ninguna denuncia por hechos de corrupción. En cuanto a defectos técnicos, sí, claro, en especial en cuanto a la normativa, que era disparatada, estaba vigente desde hacía 30 años, y es algo que yo conocí después de la tragedia, porque uno no podía estar al tanto de todas las áreas de gobierno.
-Pero entonces afirma que la causa de Cromañón nace en su habilitación.
-No hay ningún lugar cerrado en la Ciudad, ni un geriátrico, un boliche o un hotel, lo que quieras, habilitado para tirar fuegos artificiales adentro. Entonces si en un lugar cerrado se tiran fuegos artificiales no es un tema de habilitación, sino de que no se tienen que tirar fuegos artificiales. Ahora, vos podés tener la mejor normativa, incluso cambiarla, pero si el que tiene que controlar recibe plata y mira para otro lado, estamos complicados. La Policía recibía plata para cuidar que no hubieran conflictos, pero para nada más. O sea, podían mirar que entraban bengalas o que robaban, y no hacían nada. Era su obligación porque eran contravenciones en las que tenían que actuar, evitarlas, hacer actas y proceder a hacer algo.
-Usted dice que si no hubiera habido pirotecnia, Cromañón no habría ocurrido.
-Hubo muchísimas bengalas, pero las que impactaron fueron solo dos. Si vos vas al teatro Colón y alguien tira una bengala decís: “¿Quién fue el que tiró…?”. Pero en el rock era un rito donde se tiraba de todo, que era riesgoso en un lugar abierto e incluso más terrible en uno cerrado, pero la Policía lo sabía y las dejaba pasar. Se tiraron decenas y decenas de cientos de bengalas. Es una conducta de riesgo que la Policía no sólo consintió, sino que cobró para hacerlo, en contra de lo que le obligaba la ley, que era cuidar al público.

 

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Ibarra dice haber sido un profuso amante del rock. Se crió escuchando música de los setenta, músicos como a Luis Alberto Spinetta en sus múltiples etapas, y cuenta que ha “ido a ver a Divididos, a Los Redondos -a un teatro que quedaba en Maza y Rivadavia- y hasta a Soda Stereo a River”, en 2007. Ahora, una tarde de diciembre, está sentado en un sillón individual con las dos piernas sobre uno de los respaldos, cómodo, y responde siempre con los dedos índices erguidos, apuntando hacia algún lado, como si dictara una clase de Derecho. Sus ojos acompañan cada una de sus respuestas; se exaltan en su mirada y acentúan cada declaración. Los colaboradores parecen conocer el discurso de memoria: mientras Ibarra habla, ellos miran sus iPhones, chequean información y entrecruzan miradas con cierta complicidad.
-¿Recuerda dónde estaba cuando se enteró de la tragedia?
-En mi casa. Vino uno de mis hijos y me dijo: “Papá, hubo un incendio en un boliche”. Y, como habían ido amigos suyos, quería saber cómo estaban. Yo no me acuerdo si en un principio me dijeron que había siete muertos, cinco, tres, porque era la primera información que empezaba a correr. Entonces le digo: “Hay muertos, pero bueno, ahora me van a seguir informando”. Cuando vimos que la situación crecía, hice el llamado y convoqué a todo los ministros para organizar la emergencia de la tragedia. Sin esperar que me vengan a buscar, agarré mi auto, un Renault 21, y me fui al centro de Defensa para organizar la emergencia.
-¿Qué injerencia cree que tuvo Callejeros en la tragedia?
-En ese momento no sabía que existían, como así tampoco sabía de Cromañón. Ojo que no hago ningún juicio de valor con esto de no conocerlos. Sí creo que había una promoción de un rito que era peligroso, porque hasta en los lugares abiertos era peligroso, pero uno en la vida también forma todo el tiempo parte de situaciones que son riesgosas. Cuando uno va a la popular en la cancha también hay situaciones de riesgo, uno no se puede plantear en una posición de pureza en cuanto a formas. Hubo algún cambio cultural en este tiempo, y, sin embargo, cuando uno ve bengalas en las canchas dice: “Ay, como tiran”. Esto pasaba en lugares abiertos y cerrados. Pero había pasado también en Obras un año antes, y estuvo cerca de clausurarse. Era un ritual riesgoso en donde la mayor responsabilidad se produce por parte de quien tiene que controlar por ley y no lo hace estando en el lugar. Es decir, con la modificación de la ley en cada recital multitudinario habría que poner inspectores que controlen todo el tiempo, las puertas, y ahora se modificó eso por Cromañón, esa normativa antes no la exigía nadie. Nadie tenía obligación de mandar nada a Cromañón, que no era mía la decisión, sino de quienes estaban ahí. No había ninguna norma. Era un rito riesgoso pero en una sociedad plagada de cosas riesgosas, el tema es cuando el que tiene que controlar está ahí, pero mira para un costado. Esto es una cuestión central en esta discusión que nunca estuvo. Después había esfuerzo por la propia gente de Callejeros para que no se entraran las bengalas porque las que no se entraron fueron muchísimas. También es cierto que la gente se las ingeniaba o las ingresaban por otro lado: no sé si es cierto, yo nunca vi el expediente, pero lo cierto es que se dispararon muchísimas en ese lugar, y la Policía que estaba ahí se fue. La Policía no lo denunció, el primero que denunció fue un vecino. No actuaron dónde tenían que actuar.
-¿Habló con alguno de los integrantes de la banda en este tiempo?
-No, no tuve contacto. No se dio. Tampoco nunca polemicé con ellos, nada, me parece que es una situación compleja, muchos de ellos, incluso, con familiares que fallecieron.
-¿Ningún músico de Callejeros se acercó para hacerle algún reclamo o expresar lo que sentían?
-No puntualmente, no tengo un caso presente. Puede haber habido, pero no lo recuerdo. Igual tuvieron distintas opiniones. Insisto que estuvieron en el proceso judicial pero con víctimas, algunos con familiares. Siendo Jefe de Gobierno me entrevisté con todos los familiares que quisieron. La verdad que puedo decir que a partir de ahí hubo gente que no quiso encontrarse conmigo, otra que sí y otra que se encontró y que, a pesar de eso, mantuvo una relación distante. Otros que me han querido ver en su momento que han tenido una actitud no belicosa, y un grupo que sí ha tenido una actitud bastante confrontativa. Pintaron mi casa. Han amenazado a mis hijos delante las cámaras y con mi exmujer decidimos hacer la denuncia porque eran menores y uno no podía dejar que hicieran lo que quisieran. Mis hijos son personas distintas de uno. Pero después han venido para el Día del padre a tirar huevos, a pintarme la casa. Son situaciones feas. Incluso uno de mis hijos reaccionó una vez a los gritos desde el balcón.

 

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Tal vez, una de las escenas televisivas más grotescas en la que haya participado un político en los últimos años tenga como protagonista a Aníbal Ibarra. Durante una entrevista en Telenoche, el experiodista de CQC Daniel Malnatti planteaba una recorrida junto con el legislador, que en 2009 intentaba ir a por un cargo como diputado nacional, a través de las calles de Villa Urquiza, su barrio. Hasta ahí uno podría esperar algún acto de demagogia, una foto con un bebé o un beso fraternal a una anciana. Pero Ibarra atravesó todos los límites establecidos de la credibilidad. A medida que avanzaba por las avenidas, varios vecinos se acercaban a saludarlo, mientras miraban con ternura la cámara: “¡Ídolo! Gracias a él mi esposa tiene trabajo”; “Es un gusto doctor, un gusto grande, la verdad que es un placer inmenso. Cuando lo destituyeron no nos respetaron nuestro voto, tendría que haberse quedado hasta 2007”. En un momento del recorrido, Ibarra se excusó para dar una entrevista telefónica con una radio y se acercó a uno de sus colaboradores:
-Sacá a toda la gente que me parece que se están dando cuenta.
La escena quedó registrada gracias a los micrófonos conectados a una segunda cámara del equipo de producción. Ibarra perdió las elecciones de medio término y debió conformarse con la legislatura de la Ciudad, cargo para el que fue reelecto en 2011 y tiene mandato hasta 2015. No obstante, se muestra obstinado por seguir alineado a su carrera política y planea llegar una vez más a la jefatura de la Ciudad, a través de su partido, el Frente Progresista Popular.
-Hace ocho años que no ejerce como funcionario desde que la justicia legislativa lo destituyó. ¿Por qué quiere volver a la máxima autoridad de la Ciudad?
-Porque quiero una ciudad distinta. Quiero una donde el Estado construya viviendas, donde haga una inversión en educación que sea orgullo para la Ciudad. Y puedo decir que quiero una cultura que no sea la de los grandes escenarios en la Ciudad, sino una participativa y llevada a todos los lugares de Buenos Aires. Quiero ser parte de un proyecto colectivo, pero ojo que no lo veo como un proyecto personal ni de revancha, en absoluto, y sería gravísimo desde ese lugar. Creo que se le puede ganar al macrismo. Hay que convocar a mucha gente que no nos ha acompañado en todo este tiempo. El antikirchnerismo va a tener otro escenario porque Cristina no va a estar más. El propio Macri no va a estar. Yo no estoy contento con este proyecto. Tengo otro, bien distinto, en términos de representación, cultura. Hoy hay dos ciudades: Norte y Sur, donde si el Estado no hace algo va a ser profundizándose aquellas diferencias. Quiero que haya una sola ciudad.
-Con todo lo que le sucedió en estos últimos años, ¿no está cansado de tanto ajetreo público?
-Está claro que no hubiera habido juicio político y destitución si no había acuerdo con (Jorge, entonces vice-gobernador de la Ciudad de Buenos Aires) Telerman. Y no lo tomo como una cuestión de traición personal, sí digo que él podía haber buscado llegar a la jefatura de Gobierno a través de la puerta y no por la ventana. Él arregló con la oposición para que se hiciera la destitución, llegar a la jefatura y repartir cargos entre toda la gente. Y la verdad que lo hizo. Allá él, no me interesa en absoluto y no tengo ninguna situación más allá del análisis de que fue así. Por eso lo digo. Callarlo sería una hipocresía.
-¿Tuvo alguna charla personal con Telerman?
-Hemos tenido charlas durante el juicio político. Después de la destitución, no. Él se dedicó a hacer lo que pensaba que tenía que hacer y después no volvimos a hablar. Claro, al tiempo me enteré de muchas cosas, que él se reunía en ese período para organizar el tiempo post destitución. Antes yo no lo sabía, y me enteré no mucho tiempo después. Pensaba que era solo una aspiración personal de él. Es común que aquel que es suplente quiera ser titular, pero no que quiera a hacer todo lo que él hizo, que corroboró al detalle todas las cosas que él había organizado antes. Lo digo desde el lugar que me parece que en toda la vida y también en la vida política tiene que haber límites y lo voy a seguir con el ejemplo futbolístico: está bien querer ser titular, no me parece que haya que pagarle al contrario para que le parta la pierna al compañero, así entro yo.
-¿Se refiere a Macri?
-Macri fue, no sé si el principal, pero sí quien de una manera organizó, juntó sus
legisladores y llevó adelante el proceso de destitución, porque él fue quien finalmente aprovechó esa situación para llegar a la jefatura. Él perdió conmigo en 2003 y yo había tenido la crisis 2001-2002 encima, y mi gobierno tenía una aceptación que no se había visto antes, y luego de esa crisis la verdad que era una situación hasta inédita. Hasta me extrañaba que yo haya arrancado en la crisis y que después de haberla superado, haya tenido esa aceptación. Y bueno, Macri aprovechó eso. No me sorprende porque estaba en la oposición y trató de sacar esa ventaja política. Sí creo que tenemos que reflexionar entre todos en que cuando ocurre una situación donde un parlamento cree que el gobernador se debe ir, se tiene que convalidar en las urnas, como pasó en Bariloche hace poco. El Concejo deliberante entendió que debía irse y la gente dijo que sí. Entonces uno llega con los votos y se va con los votos, porque sino es más fácil arreglar a un grupo de legisladores. Decir “mal desempeño” y arreglamos con el vice y nos quedamos con el Gobierno. Institucionalmente deberíamos analizarlo. Convencer al electorado siempre es más difícil que convencer a los legisladores. Si la gente dice que uno se tiene que irse, debe hacerlo.
-A diez años de Cromañón, ¿qué cree que aprendió la clase política de esta tragedia durante este tiempo?

-Reivindico a la política como herramienta de transformación y de participación de la gente. La política, en sus distintos sectores, aunque no lo dice, reconoce hacia adentro que estuvo mal en utilizar una tragedia. Y creo que desde distintos sectores en otros hechos desafortunados no tuvieron la misma actitud que conmigo, como en el derrumbamiento del boliche Beara. Y encima con un Jefe de Gobierno procesado, cuando a mí ni siquiera me citaron a juicio. Creo que en ese sentido, a pesar de que no se dice con el reconocimiento de que el juicio político fue una utilización para quedarse con mi gobierno, hoy creo que es otro contexto y bienvenido sea. Después tenemos las diferencias de siempre. Estoy en la vereda opuesta de Macri y quiero formar parte de un colectivo que lleve hacia otro lugar. Creo en la política como herramienta, la reivindico, respeto a mis adversarios, incluso en la disidencia. En aquel entonces se aprovechó la tragedia para ir en contra de las instituciones.

 

(Entrevista publicada en la edición N° 30 de revista Mavirock, diciembre de 2014)

Edición Nº 35 (desde el 29/11 en los kioscos)

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