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RS: ROCK REDENTOR EN EL ESTADIO ÚNICO

Después de diez años, los Rolling Stones retornaron a Sudamérica en el marco de la Olé Tour y Mavirock no les perdió pisada. Alfredo Rosso estuvo en La Plata y también se tomó el buque para gritar presente en el Centenario de Montevideo.

Martes, 05 Abril 2016 | Por  Alfredo Rosso | Fotos: Andrés Violante

Es La Plata y es el diez de febrero. Son las nueve de la noche y monedas. Las luces del Estadio se atenúan. El griterío es instantáneo, pero todavía falta… Se viene una película que me recuerda a esos videos que celebran grandes aniversarios, cumpleaños, bodas. Fotos: la era Brian, la de Mick Taylor, la actual. Tapas de discos. Los pelos largos, desafiantes; la famosa lengua y después. Medio siglo de rock and roll. Pero no es nostalgia, sino orgullo. Porque si no, ¿cómo explicar lo que se viene después? La ovación es ensordecedora y ya se escuchan los riffs familiares de “Jumpin’ Jack Flash”. Mick Jagger, maestro de ceremonias consumado, ya tomó el centro del escenario y las estrofas salen como estocadas: Nací entre un huracán de fuego / y le aullé a mi madre entre la lluvia torrencial / pero ahora todo está bien / Soy Jimpin’ Jack Flash / y está todo bien…
Por supuesto que está bien. Porque es rock and roll redentor. Cincuenta y cinco mil personas descartan de golpe la piel de sus diferencias políticas, sociales, deportivas, etarias, y se enfundan en este loco dragón chino de mil pies que solo quiere rock. Relajo por fin la tensión acumulada en los últimos días. Que si la entrada, que si el micro, que si el auto de fulano, que si llegar por la autopista o el Camino de Cintura. ¡Basta! Allí están Mick, Keith, Charlie, Ronnie y la ilustre corte de músicos que completa el cosmos de la banda. Los Stones acaban de tomar las riendas de La Plata y la evidencia de un tremendo recital de rock and roll está allí, delante de mí. Recuerdo 1995 y la incredulidad de verlos por primera vez en River, estrenando VOODOO LOUNGE; mi memoria abarca el retorno de 1998 cuando terminaron compartiendo “Like a rolling stone” con su autor, el mismísimo Bob Dylan, y aquella rampa en forma de puente, símbolo de BRIDGES TO BABYLON, que los llevó al centro del campo para tocar como al principio, con la gloriosa desnudez de las guitarras y la batería y el escudo del rhythm and blues como toda defensa contra el mundo. Me vi diez años más joven bajando de un micro que puso una pausa en una vacación en Traslasierra para volver al ritual de River. Aquel 2006 no había nuevo álbum de estudio pero… ¿a quién le importó? En 2013 me asombraron en Glastonbury, donde sostuve como un general rockero una pequeña elevación de tierra en un campo invadido por 80 mil británicos, para poder verlos mejor desde la modesta cercanía de unos ochenta metros. Pero nada se compara con el vendaval de La Plata el décimo día de este segundo mes del cuarto año bisiesto del siglo XXI (quinto, si contamos el 2000). ¿Los Stones en el siglo XXI? En 1968, a mis trece años, cuando el Vasco Guillermo, mi amigo de la infancia de Villa Crespo, me prestó el álbum FLOWERS, si me hubiesen dicho que 48 años después estaría viendo a esta banda en la plenitud de su gloria, hubiera sido como decirme que viajaría a Marte. Como para que no me olvide de aquel Wincofón en el que los escuché por primera vez, los Stones arrasan con “Let’s spend the night together” y, de golpe, me vienen a la mente las fotos de la revista PinAp donde se los veía bajo aquel halo amenazante que puso patas para arriba a la sociedad ultra conservadora de aquellos años: “¿Pasemos la noche juntos? ¿Cómo se atreven? ¡Si no están casados!”. Me acordé de la policía del Onganiato, con sus linternas, encandilando parejitas que se besaban pacíficamente en las plazas y pensé en la sensación de alivio, de pertenencia, de puño en alto que nos transmitían esos cinco atorrantes rockeros ingleses, un bálsamo contra la pacatería y el temor reverencial de la época.
El set de esta segunda noche platense fue ideal. “It’s only rock ‘n’roll” y “Tumbling dice” incrementaron el clima rockero; “Angie” puso la pausa baladística y melancólica. De golpe, los Stones metieron un cambio y apareció “Paint it black”, con el mismo manto de misterio sombrío con que debutó en 1966. Creo que nadie esperaba la elasticidad elegante de “Can’t you hear me knocking”, con su duelo de guitarras y saxo, su rock funkeado y entrecortado y el leve toque místico de la zapada final, justo preludio para la decadencia evocada en “Honky tonk women”.
Un resuello: Jagger presenta a los músicos y, sabiamente, deja para el final a Keith antes de salir por única vez del escenario. Entonces, el asombro: yo esperaba el “¡olé olé olé olé… Richards, Richards!”. Lo que no me imaginaba es que iba a durar cinco minutos de reloj. El coro cada vez sonaba más fuerte hasta que Keith, tocándose el corazón y con la voz quebrada por la emoción, dijo algo así como: “Bueno, disculpen, pero tengo que seguir con el show”, antes de arremeter con “Slippin away” y “Before they make me run”.
¿Cómo describir este “Midnight rambler” que duró más de quince minutos? Tensión, amenaza, montaña rusa de sensaciones y ritmo. Esta vez Jagger se roba el show. Tremenda parte de armónica, de acuerdo. Pero… ¡Esa voz! Mick se mete poco a poco en la carne del siniestro deambulador nocturno. La pausa en el centro del tema, donde Jagger subraya cada una de las palabras, mientras Charlie las rubrica golpe por golpe desde la batería, te hace sufrir hasta lo indecible; es un instante decididamente pre-orgásmico. Y entonces se desata el clímax final, con Ronnie y Keith sacándose chispas en un crescendo guitarrero descomunal. Exhaustos, transpirados, felices, es el momento de transformar La Plata en una gigantesca disco. Ergo, “Miss you”, coreada y vitoreada, se pasea casi desafiante antes de meternos de lleno en la desolación de “Gimme shelter”, aquel tema que fue como una bisagra entre el idealismo algo naif de los sesenta y los problemáticos, confusos años setenta. “La guerra, chicos, está a un solo tiro de distancia”, nos recuerda Jagger. Pero en un final delicado y sensual, compartiendo la pasarela central con la tremenda cantante Sasha Allen, abrazados los dos, también nos recuerda: “El amor, hermana, está a un beso de distancia…” (...continúa)

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Edición Nº 36 (desde el 6/5 en los kioscos)

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