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SÁBADO 25… REFLEXIONES, DEPRESIONES, SENSACIONES

Glastonbury 2016, última entrega. Por Alfredo Rosso

Martes, 28 Junio 2016 | Por  Alfredo Rosso

Pasado todo Glastonbury, cenando en Londres con mi amigo Gustavo, editor de revistas colegas, me vino a la mente una estrofa que estuvo escondida en un rincón de mi mente durante más de cuarenta años y que pertenece a un tema de Facundo Cabral, del cual no sé ni siquiera el nombre pero que en una parte decía: “… y en cada minuto yo vivo una vida / porque la vida es eso, mi amiga: vivir cada minuto…” Tan sencillo y tan difícil a la vez. Y esto tiene que ver porque tipifica muy bien la cornucopia de sensaciones del sábado Glastonburiano. Como a veces pasa en los festivales, entré frío a la cancha; no me hallaba. No sabía qué ver primero, para qué lado rumbear… A mi alrededor, caras de sueño y barro, mucho barro producto de varios días previos de lluvia inmisericorde. Entonces, el primer pequeño milagro: Anna Meredith. Una ex compositora de la orquesta sinfónica escocesa de la BBC que ahora se volvió líder de su propia banda de avant-garde electrónico. La vi, la escuché, me desperté y corrí a la carpa de la revista Songlines, que se ocupa de la World Music y de las formas más deformes del jazz , lo latino y aledaños, y me hice de su álbum “Varmints”, que ya estrenaré en alguno de mis programas. Dejé la West Holts stage con la intención de ver no sé qué cosa pero afortunadamente llegué a la Pyramid Stage para ver la última parte del recital de Squeeze. Si no los conocen, no pierdan más tiempo leyendo esta nota y salgan corriendo a conseguirse sus álbumes “Argybargy” o “East Side Story”. Enseguida comprobarán que Chris Difford y Glenn Tilbrook son dos de los compositores más geniales que dio el Reino ¿Unido? desde aquel par de liverpulienses cuyos nombres ahora se me escapan. Empatía con el ser humano común. Cuentos de resacas, amores que se volvieron agrios, el paso del tiempo y su devastación, sí, como no, pero también mucha ternura en sus estrofas. Una celebración de estar vivos, aquí y ahora, y respirar este aire de compartida humanidad. Todo eso, en vivo cristalizado en canciones perfectas como “Labelled with love”, obra de arte si las hay. Si no lo hicieron ya, descubran a Squeeze, please.
¿Qué hago? ¿Me hago el importante y digo que el mismísimo productor Joe Boyd me recomendó a Sam Lee? (Ya escucho el murmullo… ¿Y quién es el tal Boyd?) El mismísimo descubridor de Pink Floyd y la Incredible String Band, por no decir Nick Drake, alguna vez me dijo que escuchase a Sam Lee y como soy lento de reflejos, me llevó cuatro años hacerle caso, pero qué bueno es Sam. Folk británico tradicional con toda la onda, toda la vibra del mejor Fairport Convention, por ejemplo. Y no elegí el nombre al azar, porque Sam, entre otras perlas que arrojó en The Acoustic Stage, cantó “The bunny bunch of roses”, un tema tradicional que solía hacer aquella banda pionera del folk-rock inglés y que resulta que viene de los tiempos Napoleónicos. Bien Sam Lee: banda pequeña, íntima, y el tipo, con un gran poder de comunicar, simpatía más buena voz, más buenos temas propios y ajenos. A qué pedir más… Luego vi un rato del set acústico del ex Pistol, Glen Matlock. Me gustó, sin despeinarme. Pero el problema es que el camino hacia el escenario principal es largo y splosh splosh splosh, matizado por un mousse de lodo Glastonburiano, entonces volví a ver apenas un pedacito del poderoso show de Wolf Alice, pero me voy a desquitar haciendo un programa especial con varios temas de ellos. Ya van a ver. Mientras me acercaba al lugar, la cantante se hincaba ante la platea concurrida de la Pyramid Stage y gemía y brincaba y girtaba. El show llegaba a un climax encendido y yo me había perdido la mejor parte… De ahí la depre…
Pero Glastonbury da revancha, y junto con la colega Luciana Pam, periodista argentina radicada en Londres y escribiendo para la revista La Tundra, especializada en música latina pero editada en castellano y en la capital inglesa, nos fuimos a disfrutar del recital de The Last Shadow Puppets. Bueno, les digo: si yo fuese un Arctic Monkey, estaría bastante celoso del proyecto paralelo de Alex Turner y del tipo de los Rascals, Miles Kane. Porque tienen onda, porque tienen escenario y carisma y lo mejor de todo ¡porque tienen canciones! Yo no puedo cantar ninguna, no me sé ninguna letra todavía pero igualmente disfruté el recital de pé a pá. Y entonces me salió de adentro la bestia rockera con un furibundo ¡¡¡wwrrraugggghhrrrr!!! que se escuchó en toda la Worthy Farm y el barro se abrió como el Mar Rojo para dejarme pasar y llegar hasta The Other Stage y contemplar el show del sublime power trío Band of Skulls. Timing, temas, poder, electricidad, solos de viola con arte y sapiencia, concuspicencia tribal del trío. Los quiero. Escuchen “Himalaya” o “The Devil takes care of his own” y sabrán a lo que me refiero. Y la bajista tiene toda la onda. Bueno, basta; ¡lo dije! Mientras tanto, a mis espaldas, la Shibusashirazu Orchestra, directamente desde Japón, la hacía carozo en la West Holts, tal cual me refirió luego Paul, el director de la revista Songlines, especialista en World Music, o sea que el tipo la sabe lunga. Me dijo que son un espectáculo infernal: avant-garde de todo tipo, escenografías, coreografías. En pocas palabras, unos nipones pirados como corresponde. Me traigo el álbum y lo despellejaremos juntos en La Trama Celeste, prometido. Porque el tiempo no da para todo, porque a veces uno no tiene claro sus prioridades, porque lo había visto alguna vez, allá lejos y hace tiempo, me atreví a perderme a un gigante del reggae como Ernest Ranglin. Si hay justicia en el arte me van a condenar a empujar la roca de Sísifo por esto, pero recuerdo la experiencia de verlo hace unos dieciséis años y fue muy fuerte. De hecho fue la única vez que la Rolling Stone me publicó una foto. Tan exótico era el tipo que ni fotos se podían conseguir en esos bancos de fotos que hay por ahí en la nube famosa esa.
Yo seguía como el tiempo ese sábado. Ni chicha ni limoná… Pero entonces… ¡Art Garfunkel! O sea, paremos un poco la mano. ¿Es un prócer o estoy loco, Macaya? Una carpa repleta, yo parado ahí entre cabelleras fantasmas que se marcharon hace tiempo y el tipo dale que dale con esa vocecita de monaguillo setentón pelando “Homeward bound”, “The boxer” y hasta un poema para su hijo Bob. Creó un súper clima en cuestión de media hora y cuando los tuvo a todos comiendo de su mano cual palomitas, se permitió hacer un tema de Gershwin (“Someone to watch over me”) y se mandó un hiper-final con “Scarborough fair”, “The sound of silence” y “Bridge over troubled waters” y la gente empezó a llorar y el mar de lágrimas se confundió con el lodo y se suspendió Glastonbury. Bueno, tanto no, pero fue un momento sublime, la verdad sea dicha. A pesar del trunc trunc trunc que llegaba de una disco vecina…
Me daba fiaca ir hasta Mercury Rev pero los quiero mucho y, de alguna manera, ellos seguro lo saben. Entonces, ¿por qué fui a ver qué onda Adele? Justamente por eso: para ver qué onda Adele. Por qué vende millones esta chica. Bueno, porque tiene una línea directa al corazón de los británicos y eso es innegable. Canciones pop, sí. Baladas, también. Un cachito de soul, por qué no. Pero en el centro hay una animadora/cantante/conductora que sabe adónde va y sabe también que el público irá con ella. Puede subir al escenario a una chiquilina brasileña que está de visita y sacarse una “selfie” con ella como preguntarle incansablemente a cada uno de los que están en primera fila de dónde vienen y cómo se llaman. OK. Todo bien. Pero canta y entona. No será mi sabor preferido, pero como decía el gran Jorge Alvarez cuanto le preguntaron sobre las inexactitudes históricas del film Tango Feroz, “yo respeto el éxito…”
Pero, claro, el tábano del rock siempre pica y pica y pica y por suerte para uno, te mantiene alerta, vivo, despierto. Justo llego a la Other Stage para presenciar mi peor pesadilla. Un grupo que dice, “gracias, buenas noches” y se va. Y justo es New Order. Pero algo me dice que van a volver y lo hacen para despedirse con una versión espectacular de “Love will tear us apart”. Llámenlos apáticos, llámenlos hostiles, a mí no me importa: yo los quiero. ¡Carajo! ¡Se terminó el sábado! Justo el día en mi viejo, Coco, hubiese cumplido 104 años. ¡Grande viejo! Me pagaste el primer viaje a la rubia Albión meta encuadernar libros, meta darle al martillo para redondear los lomos de los protocolos de los escribanos. Gracias, viejo, donde quiera que estés en el Cosmos.


DOMINGO 26 – La garúa se acentúa con sus púas.
A veces, cuando cae esa lluvia finita, un ratito, después una media horita, luego tres horas y más luego toda la tarde, uno tiene ganas de mirar al cielo y decirle: “Bueno, loco, ya está, ya entendimos.” Pero no hubo nada que hacerle: el domingo tomó al pié de la letra aquel viejo adagio criollo que reza: “que te garúe finito”. Pero previo a la cortina de agua, Gregory Porter en la Pyramid Stage fue justo lo que necesitaba ese mediodía. De saco oscuro, camisa blanca, corbata rosa y su infaltable gorra simil cazador, Gregory dio una lección de soul y rhythm and blues, con juguetonas baladas en el medio. El tipo tiene dicción impecable y mucha personalidad y un gran manejo de las pausas y los cambios de climas. Todo esto enaltece sus canciones. Temas con perceptivos comentarios sociales, que dejan traslucir, además, un humanismo a flor de piel. Mensajes claros y positivos rubricados por una banda de piano, contrabajo, batería y trompeta con sabiduría para tocar y también para moderar el protagonismo cuando Porter vuelve a la carga con sus estrofas. Además de sus muy buenos temas propios, como “Liquid spirit”, tema/título de su anteúltimo álbum (que un iluminado editó en Argentina junto con el último, “Take Me to the Alley”) Gregory hizo un cover del hit de los Temptations “Papa was a rolling Stone” que le vino como anillo al dedo y no desentonó en absoluto con el material original.
Glastonbury siempre te da alguna sorpresa inesperada y, en camino a la West Holts Stage, me topé, en la pequeña glorieta llamada The Bandstand (uno de los cientos de escenarios secundarios esparcidos por todo el predio) con una banda de chicas que conquistó mi corazón: Nuala Hanan. Hacen un folk de angelicales armonías vocales y la mezcla justa de tradición y modernidad. Capturé su CD editado en forma independiente y salí en mi Supercar anti-barro (pueden googlear Supercar) hacia la West Holts una vez más, para ir al encuentro del jazzman del que habla hoy todo el mundo: Kamasi Washington, saxo tenorista que acuñó un LP triple el año pasado que hizo salivar a toda la crítica del gremio jazzero y a un par de sites de rock “cool”, también. La banda impesiona: dos baterías, más saxo, teclados, guitarra, bajo, y hasta una cantante, todo esto al servicio de un jazz que roza el filo experimental y que por momentos lo remite a uno a los devaneos de la JCOA (Jazz Composers Orchestra) de Carla Bley y Michael Mantler, las zonas más oblicuas de Toshiko Akiyoshi o, inevitablemente, aquellos cimientos del jazz mutante de fines de los ’60 que estableció Miles Davis con “Bitches Brew”, “In a Silent Way” y obras por el estilo. Como necesitaba carbón en la caldera, me sumé a un puesto vegetariano para incorporar un guiso de berenjenas con salsa de coco sobre colchón de arroz más unos divertidos porotos rojos con vaya uno a saber qué pimiento, y munido ya del impulso energético e inevitablemente eólico del preparado, llegué a escuchar unos temas del fino soul de Michael Kiwanuka antes de ser embelesado en la Pyramid Stage por la nueva ELO de Jeff Lynne. No me pregunten quién queda de la original. Lo único que me importó es que vi un recital avasallante. Orquesta nutrida y ensayada al milímetro; sector eléctrico con pasión y conocimiento pleno del métier y una delicia de armonías vocales. Electric Light Orchestra, damas y caballeros, como en sus mejores tiempos, como en el presente magistral que protagonizan. Sí, claro, “Telephone line”, “Don’t bring me down”, “Roll over Beethoven”, todo eso y más.
En camino a The Park, me detuve a contemplar en The Other Stage a una banda qyue está en camino de ser grande: Catfish and the Bottlemen. Están en esa instancia tan particular en que la gente se agolpa para ver de qué se trata, codo a codo con los iniciados de la primera hora y los que no saben del todo la letra hacen la Gran Capusotto y dibujan lo que no saben moviendo los labios. ¡Ojo, que se vienen! Adivino un Niceto Club en su futuro cercano y un Luna Park o Personal Fest en un año como mucho. (Paremos con las predicciones…) ¿La receta? El viejo britpop de base y un cantante carismático, más melodías con un giro inesperado. Tienen atractivo comercial y también hacen alguna que otra diablura. Seguí camino hacia mi escenario favorito de Glasto, The Park, porque me aguardaba un deleite añorado: la presentación de Guy Garvey, cantante de Elbow, en este caso estrenando su álbum solista, “Courting the Squall”, con un grupo que tiene bien claros los diversos matices que han hecho de este disco una de las grandes sorpresas del año pasado. Sus canciones abarcan el jazz, las baladas y a veces un decidido pulso rockero, un aspecto que estuvo un poco ausente en el Elbow de los últimos tiempos. Bien por Guy.
Dos iniciales y un apellido: P. J. Harvey. Imponente. Una banda que se asemeja a un ensemble de música clásica. Que puede combinar saxos (incluyendo el de la propia P.J.) con teclados y percusiones en este sinuoso y apasionante nuevo sendero musical que ha emprendido la Harvey, donde conviven sonidos de Medio Oriente con blues y con una revisión radical de favoritos como “To give you my love” y “50ft Queenie”, este último un claro ejemplo de que la banda, por más formal que parezca, puede rockear de lo lindo. La Harvey mostró su mejor registro vocal, moviéndose por el escenario con esa mezcla de solemnidad y frescura, muy femenina, que seduce tanto.
Pausa para un té y sentarme un rato en la sala de prensa con mi colega argentina y reponer energía. ¡Pero no! Mejor no hablar de ciertas cosas, porque me olvidaba que en The Park estaba Grimes, que es como decir la productora, compositora, multiinstrumentista y no sé qué más, Claire Elise Boucher, planeando una disco al aire libre con su pequeña troupe danzante, su irresistible pop electrónico y todos los laberintos sonoros que tan bien desplegó en su reciente y muy bien comentado álbum “Art Angels”. Gran juego de luces y nieblas, de paso sea dicho.
Y Coldplay conquistó una vez más la Pyramid Stage. Creo que van por la cuarta vez que son cabeza de serie de un día de Glastonbury. Tuvieron a la gente (unas 60.000 almas) comiendo de su mano desde el vamos, pero lo que pocos imaginaban era el final. De repente, Chris Martin le cuenta al público que han tenido un pedido de un espectador muy especial y que quieren cumplírselo. Entonces aparece en la pantalla grande el nervio motor de Glastonbury, Michael Eavis, pidiendo algo de los Bee Gees. Yo me imaginé un cover y seguro que ustedes también. Pero Coldplay fue un paso más lejos y llamaron al mismísimo Barry Gibb para que subiera al escenario e hiciera con ellos dos tremendos hits de diferentes etapas de los Bee Gees: “To love somebody” y “Stayin’ alive”. Barry Gibb no solo conserva buena parte de su renombrada voz, ¡sino también su falsete!” Pero aún faltaba algo más: que subiera el mismísimo Michael Eavis para cantar “My way” con Martin, para asombro (y consiguiente ovación) de todos los presentes.
Despedida. Fuegos artificiales y desbande general de la gente, en pos de las Disco que siguen hasta que las velas no ardan, porque Glastonbury hace como que termina pero siempre le queda un poco de hilo en el carretel. Yo me fui para la carpa de circo, que siempre guarda alguna sorpresa a esta hora, y me topé con unos malabaristas blandiendo palos luminosos que al girar y cambiar de manos generaban formas de flores, letras del alfabeto y hasta las palabras “Glastonbury 2016”.
A esta altura de la noche del domingo Glastonburiano, me conozco: me agarra por un lado la alegría por todo lo vivido y por el otro la melancolía porque el festival se va yendo lentamente. Pero cualquier rastro de sonrisa al revés se lo llevó, en un pequeño y lateral escenario la desbordante alegría de Dory Dureen y su mágica banda de chicas (conté cinco, pero quizás había más). Dory, si es el nombre de la conductora, (es más, ni siquiera sé si se escribe así) es una chica fornida “de cierta edad”, como suele eufemizarse, al igual que la mayoría de sus compañeras de grupo. Y para mi sorpresa, lo que hicieron fue un desfile fantástico de covers, con un grupo muy dúctil detrás (guitarra, bajo, teclados, batería) y pasearon a los estoicos resistentes del público que se iba sumando, por versiones de hits de Abba, The Four Seasons (“Oh what a night”, ¡perfecto!), Queen, Paul McCartney, etc., y todo hecho con mucho humor pero, además, con mucha sapiencia. Me reí, canté, bailé, me quedé pegado en el barro y, una vez más, pensé: Glastonbury es único.
Me faltaba, claro, el ritual de despedida. La trepada final por el Muddy Lane, el sendero barroso que, pese a su nombre, suele ser el que menos barro acumula, y desde donde –entre árboles y carpas- se puede echar una última mirada al Glastonbury nocturno, con sus miles de luces y las cúpulas de los escenarios todavía iluminadas, destacándose en la noche de Somerset.
Recordando lo vivido en las intensísimas 40 horas previas de música y vivencias de todo tipo, me subieron a la garganta, no sin cierto temblor emotivo, las tres palabras que siempre pronuncio, esperando que resulten proféticas: ¡Hasta pronto, Glastonbury!

Edición Nº 35 (desde el 29/11 en los kioscos)

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